Alberto Marechal

Cuando el primer aviador francés que llegó al país hizo en Longchamps una exhibición de vuelo en su máquina de varillas y telas, mi padre y yo asistimos a ese milagro de volar cien metros y a cuarenta de altura; y regresamos de Longchamps con un entusiasmo que nos convirtió en aeromodelistas. Construimos entonces una miniatura de avión, y mi padre se desveló en el problema de darle motores. Le falló un mecanismo de reloj (era excesivamente pesado), e inventó al fin un sistema de gomas de honda retorcida que al desenrrollarse nos ofreció un despegue insuficiente pero consolador….Se casó con mi madre, Lorenza Beloqui Mendiluce, de origen vasco español y de santidad crística. Fui el primer vástago de aquel matrimonio, y de mi niñez guardo sólo recuerdos muy felices. Mi padre, como trabajador especializado, cubría holgadamente las necesidades económicas de la casa; de igual modo su pericia en objetos mecánicos le ganaba el amor de la vecindad (nos habíamos instalado en Villa Crespo), ya que, sin remuneración alguna, componía los relojes, las máquinas de coser y otros artefactos de los vecinos…

…Una desgracia irreparable vino a cortar el hilo de mi felicidad o facilidad juvenil. Estábamos en 1919, y mi padre contrajo la bronconeumonía que tuvo ese año en el país un carácter endémico. Merced a su robusta naturaleza, logró vencer los primeros rigores del mal; y habría sobrevivido, si una convalescencia prudente hubiera respaldado su curación. Pero en aquellos años no había leyes sociales que asegurasen licencias a los trabajadores enfermos; por lo cual, y ante las instancias del establecimiento donde trabajaba, mi padre volvió a su quehacer, tuvo una recaída y murió veinte horas después en mis brazos y en medio de una fiebre que lo hacía delirar con maquinarias y agitar sus dedos como si apretase tuercas y manejara tornos. Lo lloré largamente, sobre todo por aquellas demiúrgicas manos que habían construido nuestro alegre universo familiar…

Leopoldo Marechal