Homenaje a Lorenza Beloqui de Marechal, madre del escritor Leopoldo.

María de los Ángeles me pide que escriba algo sobre nuestra abuela Lorenza y yo dudo, dudo mucho. Sé que no voy a poder capturar en palabras toda la devoción que ella me inspira y, mucho menos, conseguir que aquellos que no la conocieron puedan imaginar su auténtica modestia, su desinterés y su enorme capacidad de amor. No obstante, en su homenaje, allá van estos apuntes.

Dotada en alto grado de lo que yo llamo “aptitud para vivir”, desde pequeña debió enfrentarse a una dura lucha en el seno de una humilde y numerosa familia de inmigrantes en la cual cada uno aportaba, desde donde podía, su contribución para seguir subsistiendo y lograr insertarse en una sociedad no demasiado abierta ni justa.

Se casó jovencita y junto a su esposo Alberto, destacado mecánico pero, como todos en su época, carente de leyes que protegieran no solamente su trabajo sino también la salud y la vida, siguió peleando para criar de la mejor manera posible a sus tres hijos y lograr, con enorme sacrificio, la casita que parecía inalcanzable y a la que llegaron juntando peso a peso durante años.

Todo este esfuerzo, sin embargo, en lugar de agriar su carácter, produjo todo lo contrario. Era alegre, vital, con una envidiable capacidad para disfrutar aún de cosas pequeñas y simples, de una película, un programa de radio, una reunión familiar. Amó a sus nietas y a su pequeño bisnieto, mi hijo Jorge, con el cual jugaba pacientemente. Enferma ya del mal terminal nos dejó un 24 de marzo de 1953, con el nombre de Leopoldo en sus labios.

Fué, en fin. un ser dulce, lleno de paz, que merece como homenaje la obra de ese hijo al que alentó en todo momento velando por su tranquilidad material y espiritual, sin esperar mas reconocimiento que un gesto de afecto o un recuerdo cariñoso.

Si estas líneas logran transmitir algo de su encanto y su magia, si un poco de su espíritu se enredó en ellas, queden entonces dedicadas a su querida memoria.

Elsa Ardissono