...Cuando el primer aviador francés que llegó al país hizo en Longchamps una exhibición de vuelo en su máquina de varillas y telas, mi padre y yo asistimos a ese milagro de volar cien metros y a cuarenta de altura; y regresamos de Longchamps con un entusiasmo que nos convirtió en aeromodelistas. Construimos entonces una miniatura de avión, y mi padre se desveló en el problema de darle motores. Le falló un mecanismo de reloj (era excesivamente pesado), e inventó al fin un sistema de gomas de honda retorcida que al desenrrollarse nos ofreció un despegue insuficiente pero consolador...
...Una desgracia irreparable vino a cortar el hilo de mi felicidad o facilidad juvenil. Estábamos en 1919, y mi padre contrajo la bronconeumonía que tuvo ese año en el país un carácter endémico. Merced a su robusta naturaleza, logró vencer los primeros rigores del mal; y habría sobrevivido, si una convalescencia prudente hubiera respaldado su curación. Pero en aquellos años no había leyes sociales que asegurasen licencias a los trabajores enfermos; por lo cual, y ante las instancias del establecimiento donde trabajaba, mi padre volvió a su quehacer, tuvo una recaída y murió veinte horas después en mis brazos y en medio de una fiebre que lo hacía delirar con maquinarias y agitar sus dedos como si apretase tuercas y manejara tornos. Lo lloré largamente, sobre todo por aquellas demiúrgicas manos que habían construido nuestro alegre universo familiar...
Leopoldo Marechal